Hace unos años atrás, a fines de
diciembre, era tiempo en que cursaba cuarto medio, por lo tanto teníamos encima
todos los preparativos de nuestra licenciatura, todos de un lado a otro,
corriendo para allá y para acá…….
Hasta que llegó el gran día, todos
mis compañeros lucían diferentes, muy formales y se veían muy bien, incluyéndome.
Terminada la entrega de diplomas y
condecoraciones, nos dirigimos hacia un pequeño “cóctel” organizado por nuestros padres y profesora jefe.
Estábamos todos compartiendo con nuestra familia y amigos cuando de repente mi
profesora dijo: “Ahora cada alumno tendrá que decir unas palabras de
agradecimiento y algo que le haya dejado de enseñanza estos cuatro años junto a
sus compañeros”.
Comenzaron a salir mis compañeros,
quienes agradecían a sus padres por el apoyo brindado en esos cuatro años de
estudio; otros que agradecieron a amigos y novias. Hasta que llegó mi turno, no
sabía cómo empezar así que hice lo que todos hacían: Agradecer a los padres. En
ese momento tuve la brillante idea de darle las gracias a una amiga y
felicitarla porque “veía” que su madre estaba embarazada.
Yo seguía hablando y el hermano
menor de mi amiga dijo en voz alta “Mi mamá no está embarazada”. En ese
instante no supe que hacer, me puse colorado de vergüenza y mis manos
comenzaron a temblar… En ese momento lo primero que se me ocurrió decir fue
“Gracias por su atención” y me fui rápido de ahí hacia afuera.
Luego de unos minutos apareció mi amiga junto con su madre y conversamos sobre el mal entendido y obviamente me disculpé. Al cabo de un rato, después de conversar bien las cosas, solo pasó a ser un momento gracioso nada más.
A pesar de todo, ese día aprendí
una gran lección: “No hay que juzgar a las personas por sus apariencias”.


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